Reseña "Abismo bajo las luces".
¡Coaccionados! Obligados a ser cómplices de un terrible crimen. Así se encuentran dos operarios encargados de participar en la puesta en punto de las luces navideñas de Vigo. Y así arranca el libro Abismo bajo las luces, la novela policíaca escrita por Samuel Ferro.
Llamar sabotaje al suceso con el que se inicia esta novela es quedarse corto. No obstante, para evitar destripes innecesarios, seguiré usando esta palabra para definir al primero de los crímenes que Ferro nos describe en este libro. Porque este sabotaje no es más que el principio, el comienzo de una serie de macabros delitos que azota a la sociedad viguesa en sus famosas vísperas navideñas.
Fiel a su estilo, de narrar en presente y en tercera persona, y haciendo que los personajes hablen entre ellos para mayor comprensión de la historia, como si se tratase de un guion cinematográfico, Ferro nos va relatando los terribles hallazgos que se van sucediendo a medida que progresa la trama. Se trata de una ardua investigación a contrarreloj asignada a la inspectora Érika Vega, una curtida veterana, lesbiana y fumadora empedernida para más señas, que se ha ganado una más que justificada fama de vieja amargada entre sus compañeros de profesión, y que ha aceptado, a regañadientes y en contra de su voluntad (pues está a punto de jubilarse), la misión de resolver el sabotaje inicial; que no tarda en convertirse en una serie de asesinatos. Y encima, es emparejada con Héctor Arteaga, un violento inspector especializado en infiltrarse en bandas de narcotraficantes, pero, a juicio de Vega, un negado a la hora de resolver unos crímenes tan sesudos como los iniciados en el mencionado sabotaje.
Se trata de un caso que urge resolver, porque el dichoso sabotaje ha puesto en evidencia que hay un criminal peligroso suelto en Vigo, y que, hasta que no se detenga y la ciudadanía no se sienta segura, no se podrá dar por inaugurada la actual campaña navideña. Y la alarma va a a más cuando se comete el segundo delito, dando lugar a una serie de crímenes, en donde el culpable ha dejado pistas en el anterior homicidio que indican cuál va a ser la víctima del siguiente asesinato. Comienza así una carrera entre la policía depredadora y la presa culpable, una presa que siempre se las ingenia para dar esquinazo al cazador, que casi siempre termina llegando demasiado tarde al nuevo y espeluznante escenario del crimen.
Esta presa es tan elusiva, que se llega a pensar que hay un topo en la policía. De hecho, yo llegué a sospechar de la inspectora Vega, aunque sea por su capacidad, rozando lo enfermizo, de meterse en la mente de este asesino en serie. Y debido a esta sospecha, bajo la necesaria orden judicial, Vega y Arteaga son apartados del caso, para ser asignado a un inspector estirado que viene directamente de Madrid. Y si ustedes han visto alguna película policíaca, saben que es entones, a partir de un mandato que obliga a un investigador a apartarse, cuando ese mismo policía se cabrea y termina resolviendo el caso con métodos expeditivos y de dudosa legalidad.
No quería terminar esta reseña sin hablar un poquito de las motivaciones de este asesino en serie. No sé ustedes, pero es la primera vez que leo sobre un delincuente cuyos crímenes están basados en una corriente filosófica racionalista, que hace referencia al abismo del título. Porque yo ya había visto y leído sobre asesinos en serie inspirados por ideas religiosas, místicas o supersticiosas. O incluso en política y civismo. Pero es la primera vez que leo sobre un criminal fundamentado en algo tan racional como la filosofía, aunque sea la del mencionado abismo. De hecho, Vega y Arteaga tienen que visitar a un profesor de filosofía para instruirse sobre el tema y poder meterse en la mente del sospechoso, y así, adivinar cuál va a ser su siguiente objetivo. Y quería mencionar esta filosofía del abismo, porque las puestas en escena de esta serie de delitos parecen tan ritualistas, tan propios de un altar religioso, que me parece irónico que este sospechoso del abismo, que se considera así mismo racional y ateo, y que pretende ir contra del orden establecido, esté a dos pasos de crear su propia Iglesia. Incluso ha conseguido involucrar en sus crímenes a cierta periodista para que sea su vocera, escriba su manifiesto y lo haga público; ¿o debería decir, para que sea su profeta y escriba su evangelio? De todas maneras, Ferro expone en este libro una idea aterradora, porque, si este asesino cumple con su deseo de transformar a la actual sociedad a su imagen y semejanza, no conseguirá que el mundo mejore. Al contrario, se seguirán cometiendo barbaridades, pero no en el nombre de la religión, la superstición, la política, el civismo o el mito, sino en el nombre de esta racionalidad del abismo...
Entre la irritante relación maestra-alumno de Vega y Arteaga, los sesudos descubrimientos de la policía científica, los distintos y macabros escenarios del crimen que se van sucediendo, los despliegues policiales a contrarreloj para evitar el siguiente delito, y una trama salpicada por persecuciones y redadas a lo largo y ancho del callejero vigués y alrededores, la lectura de este libro, que se extiende durante una veintena de días de intensa investigación policial, entretiene. Hasta llevarnos a un tercer acto de infarto, que a mi me recuerda a la de cierta película de asesinos en serie, en cuyo invertida secuencia final de títulos de crédito aparece esta canción de David Bowie. La he elegido, porque considero que poner aquí el tema de Nino Bravo, que el asesino tararea durante su último homicidio, sería demasiado frívola para la temática de este libro; aunque reconozco que llega a estremecer en el contexto descrito.
¿Conseguirán Vega y Arteaga detener a este asesino? ¿Se saldrá el sospechoso con la suya? ¿Podrán evitar el último de los homicidios? Descubran las respuestas a estas, y a otras preguntas mucho más inquietantes, leyendo Abismo bajo las luces, escrito por Samuel Ferro.



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