Reseña "Los relojes de Alestes".

¿Se acuerdan de esa novela de Julio Verne titulada De la Tierra a la Luna? Pues bien, más de un siglo después, Víctor Conde escribe una continuación bajo el título de Los relojes de Alestes. Pero antes de afrontar la reseña de la obra de Conde, antes me atreveré a abordar el libro de Verne en este mío humilde blog. ¡Alerta de destripe! Si no han leído la novela de Verne, les aconsejo que no continúen con la presente entrada.

De la Tierra a la Luna es una obra ambientada en los años posteriores a la guerra de secesión americana. Debido a la carrera de armamentos surgida de este conflicto, en donde unos ingenieros se dedican a fabricar artillería más penetrante y explosiva, y otros se enzarzan en desarrollar corazas más resistentes y blindadas, y con la finalidad de zanjar esta competencia, los miembros del Gun-Club deciden disparar un proyectil a la Luna. Entre las reacciones de los diferentes países ante semejante atrevimiento (que por cierto, no han cambiado mucho, a pesar de haber pasado un siglo largo y un par de guerras mundiales), y sesudas operaciones balísticas con resultados astronómicos, Verne nos describe la construcción de un gran cañón para disparar el mencionado proyectil. Es en mitad de los cuantiosos y faraónicos preparativos para el disparo, cuando reciben un telegrama de un explorador francés, Michel Ardan, para que modifiquen el proyectil, con la finalidad de que él pueda viajar en su interior a la Luna.

Es una intrusión extranjera que no sentó nada bien a los miembros del Gun-Club, más al sentimiento nacional-patriótico norteamericano. El resultado es que el tal Ardan termina compartiendo cubículo Barbicane y Nichol, autores intelectuales de este disparo a la Luna. Y por cierto, a pesar de que la novela se titule De la Tierra a la Luna, lo cierto es que Ardan y compañía no alcanzan nuestro satélite natural. En su lugar, el dichoso proyectil termina orbitando la Luna.

No sé a ustedes, pero a mí me decepcionó este final. Quizá sea por estar influenciado por el clásico corto de Georges Méliès, basado alegremente en este libro de Verne, pero el caso es que no parece que este libro cumpla con lo que promete su título.

A principios del siglo XXI,  el escritor Víctor Conde debió de pensar lo mismo a la hora de redactar su novela Los relojes de Alestes.



Los relojes de Alestes arranca en el mismo día en que se produce el famoso disparo del Gun-Club. Nordhal Dass, un espía prusiano que goza de una memora fonográfica, lo que es muy útil para iniciar proyectos de ingeniería inversa, se aparta de una batalla entre el ejército de la Unión y unos civiles sureños hambrientos, para ser testigo de un insólito suceso que no ha sido capaz de identificar en el acto; la columna de humo y el rastro de destrucción dejado por el dichoso disparo.

Este prólogo está contado en pasado y tercera persona, para que sirva de enlace con la obra de Verne. Porque esta ucronía steampunk prosigue con capítulos narrados en primera persona y en pasado, que son transcripciones de documentos escritos con taquígrafos, tipógrafos, diarios caligráficos o fonográficos, en caligrafía cirílica o, directamente, sin soporte fijo. Cada uno de los personajes implicados en el desarrollo de la trama escribe minuciosamente sus memorias y los avances en sus viajes. En este punto, Conde se ha esforzado para que cada personaje presente sus propios tics a la hora de redactar sendos textos, así como que cada uno tenga un artefacto favorito a la hora de plasmar sus vivencias. Por ejemplo, el mencionado Nordhal Dass suele utilizar un tipógrafo, mientras que Irna Hohenstaufen prefiere grabar su voz en cilindros de cera para relatar sus diarios fonográficos.

En esta segunda parte no oficial, la trama principal ya no está protagonizada por norteamericanos, sino por europeos que pretenden repetir el disparo del Gun-Club. De hecho, la historia arranca de verdad con la irrupción de la citada Frau Hohenstaufen, una viuda aristócrata que utiliza toda su fortuna para viajar a la Luna, con el objetivo de explotar sus recursos minerales. Y todo ello, en un ambiente belicista que está arrasando con parte de Europa y Oriente Medio, pues varios países europeos han entrando en conflicto con el Imperio Otomano, adelantando la Gran Guerra a la última década del siglo XIX, en cuyas batallas participan dirigibles y máquinas de vapor de la época. También es mencionable la descripción que los personajes hacen de una Moscú plagada de rascacielos, en donde impera una Monarquía Comunista, cuyos gobernantes pretenden evitar una revolución popular, simplemente, evitando que sus habitantes pasen hambre y frío.

El resultado es una novela que asombrará al lector, sobre todo en sus últimos capítulos, en donde, esta vez sí, Hohenstaufen y compañía consiguen llegar a la Luna, en donde descubren cuál es el verdadero origen del satélite... Es una revelación final que a mí me dejo flipado.

¿Y cuál es el verdadero origen de la Luna? ¿Conseguirán la primera mujer en la Luna regresar a la Tierra? ¿Qué terribles secretos hallarán allá arriba? Descubran las repuestas a estas, y a otras preguntas mucho más inquietantes, leyendo Los relojes de Alestes, la ucronía steampunk escrita por Víctor Conde.



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